La OMC no es la solución, sino el problema

Ha sido una muy buena noticia el anuncio del director general de la Organización Mundial de Comercio (OMC), Pascal Lamy, sobre el fracaso de su excluyente y antidemocrática reunión en Ginebra –que pasó casi desapercibido por los medios de comunicación españoles. Negociar un acuerdo entre siete potencias comerciales y excluir el resto de los países expone la falta de legitimidad de estas negociaciones. Incluso los 35 ministros de comercio preseleccionados de un total de 153 Estados miembros, que han sido invitados por Lamy a Ginebra, pasaron la mayor parte del tiempo, frustrados, esperando los resultados del G7 (EEUU, UE, Japón, Australia, China, India, Brasil). Las organizaciones sindicales, campesinas, indígenas, ecologistas y ONG –reunidos en la red ‘Nuestro Mundo no está en Venta’- celebran que se haya impedido, por el momento, una nueva liberalización del comercio mundial.

Después de siete años de fallidos intentos de concluir la Ronda de Doha de negociaciones comerciales en la OMC, queda evidenciado que la mayoría de los 153 estados miembros ya no se subordinan a una política de “libre” comercio que sólo favorece a los intereses corporativos del Norte. La UE y EEUU querían lograr un “aumento sustancial” en el acceso a los mercados mundiales de bienes y servicios, consolidando así su dominio y control en los mercados internacionales de comercio e inversión. La mal llamada “Ronda del Desarrollo” no tiene como objetivo “aliviar la pobreza”. De los ingresos mundiales (US-$ 96.000 millones) del Programa de Doha previstos para 2015, sólo US-$ 16.000 millones -menos de un centavo por día por persona- llegarían al mundo en desarrollo (el 50% iría a tan sólo ocho países; Brasil acapara el 23%). Sin embargo los costos por abrir todavía más sus mercados superan con mucho las “ganancias”. Las pérdidas de aranceles para los países en desarrollo, que muchos necesitan para sus presupuestos de salud y educación, sólo referente a los bienes industriales, podrían ser de US-$ 63.000 millones. Esta ruina no incluye la potencial pérdida de millones de puestos de trabajo debido a la reducción de aranceles, protección y apoyo gubernamentales a sectores sensibles y necesidades básicas. La Confederacion Sindical de Trabajadores/as de las Américas denunció que no existen procesos de evaluación sobre el impacto que pudiese tener la Ronda de Doha, en cuanto a la pérdida de espacio para el manejo de políticas públicas, mayores niveles de desempleo, precarización y pobreza. Estas frías cifras tampoco reflejan la catástrofe humana que acompaña la menguante capacidad adquisitiva por el aumento de los precios de los alimentos y del petróleo, ni los costes añadidos por los impactos del Cambio Climático.

Afrontamos crisis masivas a nivel mundial con relación a los alimentos, la energía, el sistema financiero, y las consecuencias del calentamiento global, que se intensifican recíprocamente. El modelo de comercio que promueve la OMC agrava estas crisis. La incapacidad de acabar con el hambre es una muestra más del fracaso tras décadas de desregulación de los mercados agrícolas. Ni la OMC, ni otros tratados de libre comercio bilaterales y regionales, que se están negociando actualmente, podrán resolver la crisis alimentaria, porque la liberalización del comercio ha socavado la capacidad de los países para alimentarse a sí mismos. La Ronda de Doha agravaría la crisis alimentaria volatilizando aún más los precios de los alimentos, aumentando la dependencia de los países en desarrollo de las importaciones, y fortaleciendo el poder ya concentrado de los agronegocios multinacionales en los mercados de alimentos y agrícolas. Los países en desarrollo perderán más espacio para implementar sus políticas en el sector agrícola, y además verán menguada su capacidad de lidiar contra la especulación con los alimentos y de fortalecer el sustento de los pequeños productores.

Presionado por los movimientos campesinos y de pescadores artesanales, el embajador de India ante la OMC, Sunjay Sudhir, reconoció que su “flexibilidad” en las negociaciones depende de las ventajas que puede obtener para “temas claves que afectan a los medios de subsistencia de millones de agricultores y pescadores, y la protección de la infancia así como de las industrias vulnerables”. Por ello, uno de los puntos que llevó al derrumbe de la reunión ministerial, tras nueve jornadas de negociación a puertas cerradas, fue el “Mecanismo de Salvaguarda Especial” –que apunta a apoyar la seguridad alimentaria y por el cuál se elevarían los aranceles de forma inmediata en caso de que hubiera una entrada masiva de productos agrícolas en un país-. También influyeron el cruce de acusaciones por parte de las economías más poderosas (EEUU acusó a la India y China del fracaso) y una fractura en el bloque de la Unión Europea. Con una carga de cinismo e hipocresía, el Comisario de Comercio Exterior de la UE, Peter Mandelson, culpó a todos los demás Estados del fracaso de las negociaciones: “La UE siempre ha negociado de buena fé”.

La crisis financiera mundial está mostrando el daño que está provocando la falta de regulación de los mercados financieros. Y sin embargo, en el marco de las negociaciones sobre el comercio de servicios, la UE está presionando a los países en desarrollo para que liberalicen aun más sus sectores de servicios financieros dentro del Acuerdo General para el Comercio y los Servicios (AGCS). Este acuerdo promueve la competición internacional, pero sin garantía alguna de que los reglamentos o la supervisión estatal afronten las conductas de riesgo de las empresas, acentuando la probabilidad de futuras crisis.

Las negociaciones demostraron asimismo la falta de voluntad política de la UE para frenar el Cambio Climático. Para prevenir que la temperatura media global suba más de 2ºC -y provocando una aún mayor catástrofe climática-, es necesario cambiar radicalmente el sistema mundial de comercio al ser una de las mayores causas del Cambio Climático. Sólo este argumento bastaría para hacer descarrilar la Ronda de Doha. Si la destrucción de bosques supone una quinta parte de todas las emisiones globales de Gases de Efecto Invernadero, el hecho de frenar inmediatamente todo proceso de deforestación sería la manera más rápida y eficaz para reducir estas emisiones. Pero ello implicaría, por ejemplo, que la UE deje de importar productos cultivados en áreas deforestadas como el aceite de palma o la soja. Por otra parte, haber puesto en práctica las obligaciones comerciales adquiridas en la Ronda de Uruguay de la OMC, supuso un incremento del 70% (sobre los niveles de 1992) del transporte de mercancías, altamente dependiente de los recursos fósiles y uno de los mayores emisores de CO2.

El fracaso de la Ronda de Doha también pone de manifiesto la equivocada apuesta comercial del Gobierno español que, junto con el resto de la UE, despliega sus fuerzas diplomáticas para colaborar con la OMC y, además, cerrar tratados bilaterales -bajo la estrategia “Europa Global: Competir en el mundo”-, mientras la mayor parte de la población mundial está sufriendo las consecuencias de la liberalización comercial, cayendo en el desempleo, viviendo en la pobreza y otra gran parte muriendo de hambre, falta de agua y enfermedades curables. Por lo tanto no hay tiempo que perder para dar un giro de 180 grados en las políticas comerciales.




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