Conservación de la naturaleza y agricultura ecológica

Nuestra geografía dispone de un amplio mosaico de paisajes que corresponden a diferentes usos culturales y áreas silvestres. Buena parte de la biodiversidad de esos paisajes ha sido influenciada y mantenida por prácticas agrarias tradicionales, que aún persisten en algunos espacios. Sin embargo, con la ‘quimiquización’, intensificación y uniformización de la agricultura, esta situación ha sufrido un cambio sustancial. La agricultura ecológica supone una alternativa para recuperar la biodiversidad de especies y ecosistemas, lo que cobra más relevancia en los espacios naturales protegidos.

Víctor Gonzálvez, Coordinador Técnico de la Sociedad Española de Agricultura Ecológica (SEAE). Revista El Ecologista nº 40. Verano 2004.

Conforme la actividad agropecuaria se ha ido intensificando, se ha producido una disminución de las especies tradicionalmente asociadas con la práctica agrícola y una pérdida de calidad del paisaje. Como resultado de este proceso, la agricultura en muchos casos se ha vuelto una actividad degradante, que provoca un detrimento de la biodiversidad.

Agricultura versus biodiversidad

Los primeros informes que alertaron sobre el impacto negativo de la práctica de la agricultura convencional surgieron de las propias organizaciones ambientalistas, especialmente aquellas dedicadas a la ornitología. Los estudios reflejaban una disminución de casi el 60% de las especies de aves y pájaros en las tierras de uso agrario incluidas en el Consorcio Europeo de Conservación, uno de los mayores hábitats europeos [1]. Estos cambios son importantes en muchos países, donde la agricultura es el aprovechamiento mayoritario del territorio.

Estudios posteriores concluyeron también que la agricultura ha sido la principal causa de reducción de la biodiversidad en muchos ecosistemas relevantes: los Centros de Diversidad de Plantas (UICN), las Áreas de Aves en Peligro de Extinción (Bird Life International) o las Eco Regiones Globales 2000 (WWF), por ejemplo, muestran que la contaminación agraria y la intensificación agrícola es la principal amenaza en éstas áreas.

Sin embargo, dentro del movimiento conservacionista predominaba hasta hace poco una visión idílica del paisaje agrícola que ha condicionado el desarrollo de sus propuestas y estrategias de preservación de especies amenazadas. Estas propuestas han ido desde la separación –anulando cualquier actividad productiva– a la integración. Un primer paso en la estrategia de separación fue cultivar las especies individuales en jardines botánicos. Más adelante, se siguió con la creación de terrenos de reservas de flora, donde la riqueza biológica fue conservada con métodos de agricultura tradicional, sin usar herbicidas. En 1979, se estableció el primer programa de conservación de setos, que contemplaba un apoyo económico a los agricultores si dejaban varios metros en los márgenes de sus tierras sin aplicar herbicidas, con el objetivo de crear un tejido de biotopos en el paisaje.

Todo ello, hizo necesario desarrollar un tratamiento sostenible de la biodiversidad con estrategias de gestión más integrales, que incorporen a la agricultura ecológica y que mantenga paisajes vivos, que sean más que museos de elementos históricos. La cuestión es reemplazar la imagen de la conservación por la de desarrollo de la naturaleza, donde se integre la agricultura ecológica, vista como una alternativa para la producción de cosechas y el mantenimiento de la diversidad de especies vegetales y animales.

En 1994 la Comisión Mundial de Áreas Protegidas y la UICN, propuso unas nuevas categorías de protección de espacios con el fin de establecer redes de áreas protegidas con mayor tolerancia para el desarrollo de ciertas actividades productivas, sin menoscabo de su función principal de protección de la biodiversidad y la vida silvestre. En particular la categoría V de la UICN [2], definida como “un área de territorio, donde la interacción prolongada entre la gente y la naturaleza ha originado una zona de carácter distinto”, es la que mayores opciones ofrece para incorporar actividades humanas y de conservación de la naturaleza. Esta nueva categoría ha superado el enfoque monolítico anterior, muy extendido de que “las áreas protegidas son sólo reservas de elementos históricos de la Naturaleza”, y permite avanzar en la integración de la conservación de la biodiversidad de esos territorios con otras actividades adicionales, que reporten beneficios económicos, culturales y sociales a sus habitantes.

Este nuevo planteamiento llevó a la Federación Internacional de Movimientos de Agricultura Ecológica (IFOAM) [3] a iniciar un acercamiento con organizaciones internacionales de conservación de la naturaleza. Este proceso se inició con la aprobación en el Congreso Mundial sobre Conservación de la Naturaleza de la UICN, en Montreal (Canadá, 1996), de la propuesta de resolución de IFOAM para incluir el manejo integrado de plagas y cultivos como actividades de conservación de la naturaleza. Desde aquel ya histórico congreso mundial, IFOAM y UICN, han desarrollado diversas actividades para aplicar la citada resolución. Posteriormente, la Declaración de Vignola (1999) reconoce el papel de la agricultura ecológica en la conservación de la biodiversidad.

Agricultura ecológica en los espacios naturales protegidos

Aunque no esté contemplado expresamente dentro de su normativa, uno de los principios de la agricultura ecológica es la protección de especies adventicias –las malas hierbas–, tanto en tierras de cultivo como en áreas no cultivadas y márgenes de las parcelas, al considerarlas como elementos esenciales para mantener y potenciar la biodiversidad. La importancia de los hábitats originados en las barreras y cercas vivas –setos, bosquetes, estanques, franjas de especies adventicias y praderas con flores– para los predadores de plagas ha sido señalada por varios autores, por lo que muchos agricultores ecológicos están enriqueciendo el paisaje de sus tierras con estos elementos.

En algunos casos, la práctica de la agricultura ecológica en espacios protegidos debe cumplir condiciones más estrictas que las usuales para garantizar la preservación y desarrollo de agroecosistemas particulares, precisando modificaciones a las regulaciones existentes para la agricultura ecológica [4]. Estas modificaciones se refieren esencialmente a dos aspectos críticos, en relación a la conservación de la naturaleza: a) el suministro de nutrientes al suelo, para poder obtener cosechas y rendimientos con benéficos económicos óptimos, tiene el peligro de lixiviación de nutrientes; b) el control mecánico de plagas y especies adventicias. Algunas prácticas de control de adventicias permitidas en agricultura ecológica pueden ser una amenaza para especies en extinción. Diversas entidades de certificación de agricultura ecológica en Europa, como Soil Association en Reino Unido [5], junto con las organizaciones ambientalistas, han identificado y establecido normas especificas, más rigurosas que las habituales, que deben cumplir los propietarios de tierras situadas en espacios protegidos.

La agricultura ecológica también debe promover la conservación de la biodiversidad dentro de los sistemas agrarios, no sólo desde una perspectiva filosófica, sino como una necesidad para mantener la productividad. El control biológico de plagas en las explotaciones agrarias ecológicas mantiene en el campo una alta densidad de depredadores de insectos plaga, por lo que repercute en una mejor sanidad de los cultivos. El uso de un sistema de rotación de cultivos, tanto en el tiempo como en el espacio (cultivos intercalados), puede reducir la incidencia de plagas y enfermedades al incrementar la biodiversidad.

La utilización de compost o estiércol y abonos verdes es otro factor que incrementa la biodiversidad de los microorganismos que habitan en el suelo y de las plantas del terreno de cultivo. Por último, la búsqueda de un equilibrio e integración entre la producción vegetal y la ganadería conduce a una mayor biodiversidad del sistema agrario.

En la pasada década, varias investigaciones han acumulado evidencias de que los sistemas agrarios ecológicos son beneficiosos para la biodiversidad. Soil Association [6], ha publicado un informe que recopila diversos estudios que compararon los beneficios para la biodiversidad entre la agricultura ecológica y la convencional, encontrando una clara evidencia científica a favor de la ecológica.

Estos resultados, de tomarse en serio, traerían implicaciones importantes para el cambio de las políticas agrarias generales, al constatar la existencia de prácticas agrícolas modernas y eficientes que pueden mantener una alta biodiversidad, similar a la que siempre ha sido asociada a los paisajes tradicionales de cultura agraria.

Por tanto, la agricultura ecológica ofrece una alternativa válida, particularmente en aquellas áreas donde la prioridad es la preservación de la naturaleza, en especial en aquellas categorías de áreas protegidas que permiten un cierto nivel de uso agropecuario. Un distintivo adicional ecológico puede ayudar también a mejorar ingresos adicionales a los pobladores de dichos espacios protegidos, como ya ocurre en diversos proyectos.

En Europa han comenzado a desarrollarse diversos proyectos que promueven la agricultura ecológica en las áreas protegidas o en sus zonas limítrofes de amortiguamiento, en particular en aquellos espacios donde el paisaje ha sido conformado y modificado por la intervención humana. En Italia [7], se han puesto en práctica proyectos que, además de la protección y conservación de los recursos naturales, pretenden alcanzar un desarrollo sostenible y perdurable, a partir de experiencias piloto para ser utilizadas como referencia y diseminadas al resto de áreas protegidas.

En algunos casos, se han establecido innovadores servicios de asesoramiento a los agricultores para la conservación de la naturaleza con el fin de mejorar la agricultura ecológica, ofreciendo una educación continuada para adquirir los conocimientos e instrumentos que apoyen sistemas agrarios adaptados a la especificidad local.

La situación en España

La conservación de la naturaleza y la agricultura ecológica han sido contempladas en España como actividades separadas. Conocemos pocos planes de uso y aprovechamiento de parques y áreas protegidas que contemplen o estimulen la agricultura ecológica como alternativa a la agricultura química convencional –mucho más contaminante–. Las políticas de conservación de la naturaleza en España, donde más del 30% del territorio posee las características necesarias para poder ser declarado como espacio natural protegido –según los requisitos establecidos en la Red Natura 2000–, no han contemplado la integración de la agricultura ecológica.

Sin embargo, en algunas áreas protegidas donde existen especies endémicas, los planes de uso y aprovechamiento prohíben expresamente el uso de fertilizantes y pesticidas sintéticos, lo que facilita su paso a la agricultura ecológica. No obstante, algunas de las reglas establecidas para la conservación pueden ocasionar problemas con los intereses económicos relacionados con su aprovechamiento agrícola. Estas situaciones son más conflictivas en los núcleos de alta protección que en las zonas de amortiguamiento de los parques.

Algunos estudios, a principios de los años ochenta, mencionaron los peligros de la modernización de la agricultura en espacios susceptibles de ser protegidos, abogando por el rescate de prácticas tradicionales, más respetuosas con el medio ambiente. Ejemplos de éstos han sido los trabajos sobre sistemas tradicionales del olivar [8], del encinar adehesado [9], y de los sistemas agrarios de montaña [10]. La escasez de estudios comparativos que resalten los beneficios de la agricultura ecológica en España, ha impedido apoyar propuestas o medidas para su regulación y fomento, especialmente en áreas protegidas.

La conservación de la naturaleza y la biodiversidad tampoco ha merecido mucha atención en aquellos investigadores dedicados a la agricultura ecológica, quizá por tener éstos una formación predominantemente agronómica. Los pocos trabajos que hemos encontrado [11] se enfocan hacia el aprovechamiento agronómico de la biodiversidad, sin buscar un equilibrio entre este uso y la conservación de los recursos naturales.

Aunque ya se dan muchas iniciativas que vinculan desarrollo rural, ecoturismo y áreas protegidas, son escasos los ejemplos que incorporan la agricultura ecológica como método de producción en las zonas que toleran cierto uso agropecuario en espacios naturales. Las pocas experiencias que existen han surgido, en su mayor parte, por iniciativa de los propios agricultores, sin un adecuado respaldo científico sobre el que aplicar medidas políticas para favorecer esa integración, y casi sin ser impulsados desde la administración [12].

Experiencias de agricultura ecológica en espacios protegidos en España.

Lugar CategoríacultivosExperienciaApoya
Cabo de Gata Parque Natural Hortalizas Finca El Fraile Kernel SA
Delta del Ebro ZEPA Arroz Riet Vall SA SEO BirdLife
La Laguna Parque
Extremadura Parque Natural Prod Dehesa Global Nature
Sierra Castril (Granada) Parque Natural Varios CIFADES Junta Andalucía
País Vasco Reserva Biosfera Varios Fincas con setos Biolur
Sierra de Segura (Jaén) Parque Natural Olivo Coop P Génave Marca PN Andalucía
Sierra Subéticas Parque Natural Quesos Téc Agroec SL Marca PN Andalucía
Monegros y Belchite Parque Natural Trigo Riet Vall SA SEO Bird Life
Marismas Guadalquivir Parque Nacional Pescado 113.000 ha
Tablas Daimiel Parque Nacional Queso oveja Ojos de Guadiana
Arroyo Frío (Jaén) Parque Nacional
Ayamonte (Huelva) Parque Nacional Piñones 6.000 ha

Fuente. Elaboración propia.

Las ayudas agroambientales promovidas por la PAC, dentro de las cuáles se incluye la agricultura ecológica como una línea separada de financiamiento, suponen sólo el 4,2% del presupuesto que recibimos en España. Este porcentaje es muy bajo si se compara con la situación en Alemania, que dedica a este apartado el 19,4% con tan sólo un 16% de territorio potencialmente protegible, o Austria que dedica el 17,4% con sólo el 15% de su territorio susceptible de protección. Las ayudas específicas a la agricultura ecológica, dentro de las medidas agroambientales del programa de desarrollo rural, no superaron en 2001 para todo el Estado español los 30.523 millones de euros, lo que supone menos del 1%, del total de los fondos comunitarios recibidos, frente al 39% que dedica Italia, el 20% de Alemania o el 25% de Austria. De estas ayudas, son contados los proyectos de agricultura ecológica en áreas protegidas, y no existen ayudas o apoyos adicionales para las explotaciones situadas en estos territorios.

Según datos de Europac-España [13], en nuestro país existen más de 700 espacios naturales protegidos que cubren más de 4 millones de hectáreas, algo más del 6% del territorio (año 2000). Si estimamos que un 20% de ésas áreas son superficie agraria útil, o sea, que permiten un aprovechamiento agroganadero, tendremos casi 1 millón de hectáreas con potencial para un manejo ecológico, lo que supone casi el doble de la superficie actual certificada como de agricultura ecológica. Actualmente, se estima que sólo un 2% de esa área se gestiona con criterios ecológicos.

¿Qué podemos hacer?

La cuestión central está en cómo desarrollar un paisaje que no sólo sea una preservación de elementos del pasado o una utilización de la biodiversidad para la producción agraria. Es necesario un enfoque que contemple el paisaje como un organismo vivo, lo que implica un fuerte cambio de mentalidad, ya que al observar la finca y el paisaje que la rodea, ésta se vería como una parte de un todo, que se está desarrollando. Si este enfoque es asumido por los agricultores, se podrá aplicar y alcanzar el objetivo de unir la conservación de la naturaleza en las prácticas agrarias y esto será posible en la medida en que aquéllos perciban y visibilicen los valores de los terrenos baldíos.

La biodiversidad y los setos serían vistos, entonces, como insumos necesarios para la producción y no como efectos secundarios inevitables. Hoy en día, la agricultura ecológica se ha centrado en la obtención de productos lucrativos, reconocidos por el mercado, pero es necesario contribuir a motivar a los agricultores ecológicos, p. ej. mediante subsidios, para que se reconozca la producción y mantenimiento del paisaje y la riqueza biológica como un producto con gran valor económico. No debemos olvidar que existe un importante grupo de consumidores de productos ecológicos que adquieren éstos pensando que así contribuyen a mantener la salud del paisaje.

Es necesario incrementar la cooperación práctica entre quienes defienden una preservación activa de la biodiversidad mediante la conservación de la naturaleza y la agricultura ecológica. El interés común puede unificar ambas perspectivas y asegurar un futuro más productivo para nuestras especies y el resto de la biodiversidad. En este sentido, la Sociedad Española de Agricultura Ecológica (SEAE) organizó sus VII Jornadas Técnicas de 2003 en Garrucha (Almería), sobre áreas protegidas y agricultura ecológica, reuniendo a unas 200 personas de diferentes sectores. La pretensión era que este tema se incluyera, tanto en los planes de acción de agricultura ecológica de Andalucía y España, como en los planes de uso y aprovechamiento de las área protegidas. También los planes de desarrollo sostenible que se están abriendo a la participación ciudadana en algunas comunidades autónomas son una oportunidad para integrar ambas actividades [14].

El trabajo más difícil y laborioso es el de establecer la colaboración entre los diferentes actores afectados para incrementar la calidad de los productos típicos al convertirlos en productos ecológicos locales, que repercutan en un incremento de los ingresos en la región. El objetivo último, más allá de reducir el impacto ambiental de los cultivos convencionales, es mejorar el impacto ambiental de la presencia humana.




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