La huella tóxica de Texaco en Ecuador

En Lago Agrio, provincia de Sucumbios, al noreste de Ecuador, en plena Amazonía ecuatoriana, la multinacional petrolera estadounidense ha dejado una gran área de tierras contaminadas que, tras años de juicios, se niega a limpiar.

Natalia Funes y Carolina Miguel Pérez, Área de Agua y Área de Paz y Antiglobalización, respectivamente, de Ecologistas en Acción. Revista Ecologista nº 89.

La petrolera Texaco se funda en 1902 bajo el nombre de The Texas Company en Sour Lake, Estados Unidos. Actualmente, es una filial de Chevron Corporation. Esta multinacional es ampliamente conocida entre los movimientos sociales por la constante vulneración de los derechos humanos [1]. La traducción al español del nombre de la ciudad donde se funda, se utiliza para rebautizar la zona donde se instala en Ecuador, a partir de 1964: Lago Agrio. Texaco comienza a extraer el crudo a finales de los años 60 y a enriquecerse bajo una doble moral, generar empleo en las comunidades a cambio de contaminar su territorio y destruir su tradicional forma de vida.

La extracción del primer barril es celebrada. La ciudad se viste de gala y el barril se envía a Quito como si de una reliquia se tratara. Por aquel entonces, pocos se paran a mirar la superficie de selva arrasada, la aparición de las primeras aguas contaminadas o las innumerables piscinas de desecho que aparecen cerca de los pozos de explotación. Nada de esto hace presagiar un final feliz en esta historia de explotación petrolera.

Los impactos ambientales que Texaco deja en la zona están aún sin remediar ni compensar económicamente. El caso aún se encuentra en los tribunales pero el poder económico y corporativo de la multinacional, ahora Chevron-Texaco, consigue evitar que se lleve a cabo un juicio justo y el pago de la remediación ambiental y la compensación económica a las familias afectadas.

336 pozos de petróleo

En cada pozo que explota Texaco, 336 en total, el procedimiento es similar: tala de árboles, desbroce y creación de piscinas de desecho. En total se construyen unas 880 piscinas sin ningún tipo de protección que reciben directamente los residuos de la explotación de crudo a medida que esta se produce. El tiempo ha hecho que muchas se estén cubiertas de vegetación y para encontrarlas ahora hay que buscar el llamado ‘cuello de ganso’: el codo de la tubería que llega hasta ellas y por dónde se derramaban gran parte de los residuos generados.

En 1960 la empresa ya sabía cómo limpiar el agua de formación [2] y reinyectarla al suelo para disminuir el impacto ambiental. Sin embargo, no lo aplica al llegar a Ecuador. El compromiso de Texaco de impermeabilizar el suelo de las piscinas para evitar filtraciones y tratar el agua nunca se lleva a cabo

Con el tiempo las piscinas se van llenando con los residuos de la perforación y Texaco decide resolver este problema mediante dos técnicas muy baratas. Por un lado, incinerando el excedente de petróleo (incendios tóxicos y contaminantes, durante tres o cuatro días y generadores de lluvia ácida). Y por otro lado, succionando esos excedentes petroleros en grandes camiones para para luego regarlos a lo largo de los 1.800 km de carreteras en la selva construidas por la transnacional para la explotación.

Según la Red de resistencia a las actividades petroleras en los países tropicales (Oilwatch, por sus siglas en inglés) [3], muchos de estos lodos permanecen aún en las piscinas donde llevan más de veinticinco años. Se calcula que son 80.000 toneladas de residuos petroleros los esparcidos por la Amazonía.

Las consecuencias son graves. La contaminación de las aguas de los márgenes de los ríos, así como de aguas subterráneas y de la mayor parte del territorio donde se cultiva y se crían los animales para el sustento de las comunidades. Desde la Unión de Afectadas y Afectados por las Operaciones de Texaco (UDAPT) nos informan de que la contaminación producida por la explotación se expande a lo largo de 5.000 kilómetros, afectando a aguas superficiales, subterráneas y tierras.

El crudo bajo tierra y la vida en el centro

Los pozos petroleros de Texaco tienen nombre de mujer: Dorine o Fanny, por ejemplo. No es casualidad. La tecnología con la que perforan, destruyen y extraen el petróleo recibe nombre femenino y es manipulada y controlada por hombres. La llegada de las petroleras a las zonas de explotación producen un aumento de la masculinización del territorio porque crecen las desigualdades de las mujeres. Los roles de género ya de por sí existentes se hacen más fuertes.

La llegada de Texaco a finales de los años 60 modifica la relación de las mujeres con el territorio debido a la contaminación. Gracias a ellas, la vida se ha ido reproduciendo día a día en la región amazónica. Son las principales consumidoras de agua que suministran los ríos de su territorio. Sin embargo, la contaminación obliga a las mujeres a buscar lugares más lejanos para realizar sus tareas, aumentando el tiempo de las mismas y el riesgo de sufrir enfermedades. La patriarcalización del territorio se hace más evidente relegando aún más a las mujeres al ámbito doméstico y haciendo más invisible sus trabajos de cuidados.

Ya en 1994 se presenta un estudio sobre contaminación del agua [4] que demuestra que las concentraciones de hidrocarburos policíclicos aromáticos (HPA) en agua potable de la zona están incrementadas varias veces por encima de los niveles permitidos por la Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos (EPA).

Lamentablemente, las consecuencias de la contaminación petrolera tienen una perspectiva de género. Un estudio [5] hecho después de dos décadas de explotación por parte de Texaco, indica que las mujeres que beben agua a menos de 200 metros de las instalaciones petroleras tienen 147% más de abortos que las que viven donde no hay contaminación. Otro informe [6], además, revela que las mujeres que viven cerca de pozos y estaciones de petróleo muestran un peor estado de salud en general, no sólo en el ámbito reproductivo y los índices de cáncer superan hasta 30 veces lo que se considera como normal.

Donald Moncayo, portavoz de la UDAPT, no puede evitar emocionarse al recordar cómo su madre murió a consecuencia de la contaminación producida por Texaco. Él tenía 13 años cuando su madre le comentó que le ha salido un bulto en el glúteo. Al poco tiempo el bulto se transformó en herida pero, a pesar del aspecto extraño, no le da importancia. Mientras tanto, un día, como cualquier otro de su rutina diaria, se fue a lavar la ropa al río. El camino de vuelta se hace insoportable para ella y a las 24 horas siguientes su madre se puso a expulsar espuma por la boca y murió.

Las ciudades del milenio

En 1990, Petroecuador [7] asume la explotación petrolera que deja atrás Texaco. Ahora es el Estado el que la gestiona a través de esta empresa pública. Con la llegada del gobierno de Rafael Correa en 2006 se producen muchos cambios institucionales y políticos. Uno de ellos es el de intentar lavar la imagen de las petroleras al considerarlas generadoras de contaminación y pobreza. Para ello, prometen a la población un cambio de las anteriores malas prácticas petroleras, mediante el uso de tecnología de punta y la puesta en marcha de las llamadas “ciudades del milenio” [8].

Estas ciudades se crean con el propósito de compensar la pobreza que deja atrás la explotación petrolera en las comunidades indígenas. El Estado ecuatoriano, a través de la empresa pública Ecuador Estratégico [9] y, con la ayuda de fondos económicos de Petroamazonas, se propone construir ciudades en toda la región amazónica afectada, tanto por la extracción petrolera como por la minera. Hasta el momento, son dos las ciudades del milenio inauguradas: Pañacocha y Playas de Cuyabeno, ambas en la provincia de Sucumbíos (Amazonía ecuatoriana).

Estas ciudades cuentan con luz, agua, teléfono, internet, escuelas y centros de salud llamados “del milenio” e incluso cocinas eléctricas como parte de la nueva tecnología que el gobierno quiere implementar en los próximos años. A pesar de las ventajas que se supone conllevan para las comunidades, apenas están habitadas. Han concentrado a las comunidades en lugares artificiales donde apenas pueden desarrollar sus tradiciones, manifestar su cultura e incluso cultivar, recolectar o cazar como han venido haciendo desde siglos atrás. Han alienado a las comunidades ancestrales en reservas como se hiciera con los indios nativos de Norteamérica.

Además, esto no puede compensar de ninguna manera a los pueblos que han desaparecido por la actividad de la transnacional. Desde la UDAPT señalan que fruto de la irresponsabilidad de esta compañía han desaparecidodos pueblos ancestrales: Tetetes y Sansahuari. En 2002, había registrados 760 sionas y, actualmente, apenas quedan 400. Al inicio de la explotación vivía 4.800 cofanes y hoy en día sólo quedan 1.200.

Aquellas personas que aceptan marcharse a estas ciudades reciben una casa, escuela para sus hijos e hijas y una retribución mensual. Pero tras la caída del precio del petróleo en los últimos años, las compañías ya no encuentran rentable extraer crudo, por lo que se han retirado de la región: siguen siendo dueñas del terreno pero los pozos están parados, a la espera de un mejor momento para continuar con la explotación. Y ahora, las comunidades, se enfrentan a un problema ajeno para ellas hasta ahora: la necesidad del dinero para sobrevivir. En estas ciudades, ya no pueden buscar sustento únicamente en la selva.




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