Abriendo fronteras desde la ciudadanía

Caravana a Grecia desde el Estado español.

José María Trillo Figueroa, Abogado de Ecologistas en Acción y participante en la Caravana a Grecia. Revista Ecologista nº 90.

Personas de distintos colectivos, grupos ecologistas y sindicatos han participado en una caravana para mostrar su apoyo a los refugiados y refugiadas varadas en territorio griego. También para protestar contra las políticas de la UE. En lo que va de año 297.039 han llegado a Europa. En ese viaje, el mar se ha tragado a más de 3.000.

El pasado 16 de julio, 300 personas de todo el Estado partíamos en cinco autobuses, desde Barcelona hacia Grecia, para denunciar las políticas migratorias de la Unión Europea y la violación sistemática de los derechos humanos que estas están generando.

Esta iniciativa surgía, apenas un mes antes, en un encuentro celebrado en Madrid de diversos colectivos sociales y plataformas ciudadanas que vienen trabajando en solidaridad con las personas migrantes y refugiadas. Como son: Gasteiz Irekia y Lautada Bero (Araba), Ongi Etorri Errefuxiatuak (Bizkaia), Plataforma Bienvenidos refugiados de la Rioja, Iruña Ciudad de Acogida, Pasaje Seguro, Red Solidaria de Acogida y MOC-Alternativa Antimilitarista (Madrid), Passatge Segur (Valencia) Asamblea de Apoyo a Personas Migrantes de Salamanca, Refugiados Ciudad Real, Colectivo Indignado Valladolid, Caravana Feminista (Barcelona) y organizaciones como la CGT y Ecologistas en Acción.

Grecia no es el final de nuestro recorrido. La iniciativa pretende constituir un espacio de coordinación estatal estable que articule la lucha contra unas fronteras que llevan demasiado tiempo atravesando los derechos de quienes huyen de las guerras, la miseria, el hambre o el cambio climático.

En lo que llevamos de año 297.039 personas han llegado por mar a las costas europeas. En este año, 3.212 personas han fallecido en un Mediterráneo [1] que las políticas migratorias de la UE están convirtiendo en una gran fosa común.

En este último año se ha evidenciado que la defensa de los derechos humanos que han venido propugnando las instituciones europeas y exigiendo a terceros países, no era más que una bonita fachada de un edificio cuyos pilares son el racismo y la xenofobia.

Más de 60.000 personas en Grecia

Queríamos ir a Grecia porque allí se encuentran más de 60.000 personas varadas desde que los distintos gobiernos cerraran sus fronteras a la solidaridad. Los gobiernos europeos ni siquiera han asumido los compromisos que adquirieron hace un año de reubicar a personas refugiadas llegadas a Grecia e Italia.

De las 160.000 personas que se comprometieron a reubicar los distintos estados de la UE, tan solo lo han sido 4.879 personas. El Estado español solo ha reubicado a 201 personas (151 desde Grecia y 50 desde Italia) del total de 14.931 que se comprometió a acoger. Estas son las cifras de la indignidad y de una evidente voluntad de impedir que quienes tienen derecho y necesitan de nuestro refugio y protección lo tenga.

Pero entendemos que la frontera europea es solo una, pues son las mismas políticas las que las levantan en Grecia o en nuestra frontera sur. Las mismas personas se encuentran en esta situación en Libia o en Marruecos, en los campamentos que rodean las ciudades de Ceuta y Melilla, y donde viven bajo el acoso constante de la gendarmería marroquí.

También las personas migrantes y refugiadas sufren durante su periplo la explotación por redes que se ensañan especialmente con mujeres y niños. Mafias que tienen su causa en las mismas políticas migratorias que dicen combatir, ante la inexistencia de vías legales y seguras de llegada y unas fronteras cada vez más blindadas, vigiladas y hasta militarizadas.

El Tratado de Ámsterdam configuró la inmigración como un problema común. En los Consejos Europeos de Tampere (1999) y Sevilla (2002) se definieron los tres grandes ejes de la política comunitaria en la materia: control selectivo de la inmigración legal, control de fronteras: lucha contra la inmigración ilegal y cooperación fronteriza y integración de las políticas migratorias en las relaciones con terceros países.

Es evidente que tales políticas se centran en enfrentar los efectos de las migraciones los flujos migratorios, y no sus causas –las guerras, el expolio, la falta de desarrollo. Esto las condenará al fracaso, pero a un alto precio. En primer lugar, resultan indiscriminadas. Todos, incluidas las personas especialmente vulnerables o quienes el derecho internacional les otorga un estatus de protección, son víctimas de la represión de los flujos migratorios y sus consecuencias sin distinción.

Externalización de las fronteras

Estas políticas tratan a su vez de alejar las fronteras cada vez más de nuestro territorio, mediante la externalización de las fronteras, convirtiendo a terceros países donde los derechos humanos no son respetados, en gendarmes de la ’fortaleza europea’. El acuerdo UE-Turquía o el respaldo normativo a la práctica de las devoluciones en calientes en el Estado español son un claro ejemplo de ello.

En definitiva, mientras que las vías de acceso legal han ido desapareciendo, la externalización de las fronteras, las concertinas, los operativos de vigilancia y control fronterizo como el Frontex, y una legislación cada vez más restrictiva se han ido desarrollando.

Existe otro elemento necesario para sostener estas políticas. Es el discurso securitario y del miedo: “La inmigración amenaza nuestro estado del bienestar”, “Pueden venir terroristas”..., que acompañado de la inexistencia de políticas de integración el sistema español de asilo es un buen ejemplo de ello configura sociedades que están más cerca de la segregación que de la multiculturalidad y alimenta el populismo xenófobo en nuestro continente.

El 18 de marzo de 2016, el Consejo Europeo celebró un acuerdo con Turquía por el que la UE, a cambio de miles de millones de euros, pretendía “aliviar la presión migratoria” originada por el conflicto sirio y otros conflictos como el de Irak o Afganistán. Europa, con una población de más de 500 millones de habitantes, se siente presionada por un millón de personas que huyen de unos conflictos de los que sus políticas de comercio y vecindad no son ajenas.

Mientras tanto, Líbano, un país que rondaba los cuatro millones de habitantes antes del conflicto sirio, acoge hoy en torno a 1,2 millones (reconocidos por ACNUR) de personas refugiadas. Más de una cuarta parte de su población. En 2015 el mundo alcanzó la cifra de 65,3 millones de personas sometidas a desplazamiento forzoso [2], de ellas 40,8 millones son desplazados internos, personas que ni siquiera han podido huir. El 86% de las personas refugiadas se encuentran acogidas en países en desarrollo o empobrecidos.

La mayor crisis humanitaria

Hace un año nos impactaron las imágenes de lo que constituye la mayor crisis humanitaria en Europa después de la Segunda Guerra Mundial. Esto hizo que naciera un fuerte movimiento ciudadano de solidaridad.

La ciudadanía durante este año se ha puesto por delante de las instituciones: el pueblo griego dando donde no tenía; el pueblo europeo consiguiendo que sus gobiernos asumieran compromisos de reubicación y reasentamiento que no querían; estableciendo operativos de salvamento donde la UE colocaba buques de Frontex y de la OTAN; personal sanitario que ha ido a Grecia a dar atención médica o personal docente que acudía a prestar una escolarización que es negada a miles de niños en nuestro continente.

Tratamos de llegar a Idomeni, frontera greco-macedonia, a visibilizar la vergüenza que nos produce esa alambrada europea. Fuimos a atravesar las fronteras porque queremos todos los derechos para todas las personas, sin discriminación.

Fuimos a Grecia para señalar las indignas condiciones de habitabilidad de unos campos de refugiados, donde no hay luz eléctrica más allá de su perímetro, donde las familias viven hacinadas en tiendas de campaña sobre un suelo de piedras, donde la comida es fría o hay una ducha para cada 100 personas. Unos campos con una atención médica o legal muy precaria, que carecen de escuelas, zonas comunes o de actividades con la que ordenar el tiempo de espera. Nada que hacer, más que mirar con desesperanza el abandono al que nuestros gobiernos someten su vida y su futuro.

Quedan muchos kilómetros por recorrer a esta caravana, tal vez Melilla, Calais o Bruselas sean los próximos destinos. Kilómetros de solidaridad que nos alejen de esta barbarie.




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