Los grandes mitos de las grandes superficies

El modelo de consumo que implican las grandes superficies no es ni social ni ambientalmente sostenible. Por ello, es importante señalar que algunos de los supuestos beneficios que estos establecimientos reportan a los consumidores son sólo mitos.

A pesar de lo que señala la publicidad, la oferta cultural, de ocio y de actividades en las Grandes Superficies es muy limitada y de poca calidad si la comparamos con lo que ofrece una ciudad de tamaño medio. Algo parecido ocurre con la supuesta variedad de productos que el consumidor encuentra en estos establecimientos, puesto que en realidad provienen de unas pocas multinacionales del sector y de una industria que, bajo la aparente diversidad de los estantes, ofrece siempre una base homogénea de los ingredientes más rentables.

Por ello, los productos frescos cada vez son más escasos en las Grandes Superficies y, además, más caros que en otro tipo de establecimientos. Por ejemplo, se calcula que las frutas y las verduras son un 16% más caras en los grandes supermercados que en los comercios especializados [1]. Debido a que los platos precocinados y los productos enlatados suponen ya casi el 40% de su oferta en alimentación, las Grandes Superficies apuestan cada vez más por un modelo alimentario poco saludable, por ejemplo, que abusa del aceite de palma, la segunda grasa más producida del mundo, y una de las más perjudiciales para la salud cardiovascular: su proporción de los nocivos ácidos grasos saturados alcanza nada menos que el 50%, cuatro veces más que la típica de los aceites de oliva o girasol. En los platos precocinados, aperitivos y bollería industrial, hasta el 45% de las grasas son de este tipo [2].

Estos espacios, estudiados al detalle para aumentar las ventas al máximo, no son tan baratos como en realidad piensa el consumidor, puesto que, en realidad, no contabiliza los costes del desplazamiento (normalmente en automóvil privado) ni el gasto añadido que se suele hacer (el psicólogo especialista en consumo Javier Garcés calcula que en las Grandes Superficies el consumidor adquiere de media un 20% más de lo que tenía previsto).

A pesar de que las Grandes Superficies también parecen ser una solución a la falta de tiempo en nuestra sociedad, en realidad tampoco se contabiliza el tiempo de transporte hasta allí, las colas para pagar o el tiempo que perdemos recorriendo sus pasillos y mirando productos. Y, en todo caso, los horarios excepcionales que ofrecen las Grandes Superficies se sustentan en la precariedad laboral de sus trabajadores: turnos más largos y menos vacaciones, salarios mínimos y deterioro de sus derechos laborales.

En cuanto a la reordenación del espacio urbano, el actual modelo de crecimiento urbanístico privilegia a las Grandes Superficies como opción de compra y como centro de ocio, así que el pequeño comercio, con todos los beneficios que este ofrece al consumidor y a la economía local, se ve amenazado.

Sobre todo, comprar en una Gran Superficie es apostar por un modelo social y ambiental insostenible, ahondando en el sistema de sobreproducción neoliberal que tantas injusticias sociales y desequilibrios medioambientales conlleva. Las Grandes Superficies destruyen la actividad económica local, crean empleos de baja calidad y deslocalizan la producción, hacen dependientes a los productores del Sur a la vez que maximizan los beneficios de muchas grandes multinacionales. También fomentan un modelo de transporte contaminante y son protagonistas destacados de la reordenación especulativa del territorio.


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